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Mensaje por Machucarules el Lun 22 Ago - 18:52

Track #14: La vida después de ti
No fue sino hasta que se lavó la cara cuando se dio cuenta de lo que estaba a punto de hacer. El agua recorriendo su rostro y el reflejo de éste en el espejo sobre el lavabo hicieron que todo aquello que había bebido se revolviera en su estómago y de pronto, salió por su garganta después de tres rápidas arcadas. Luego escuchó unos golpecitos en la puerta y después de hacer unas gárgaras con un poco de esa agua con sabor a óxido, se dirigió a ésta y la abrió. El joven frente a él lo miraba, nervioso, y con una ligera sonrisa y una voz cálida y amable le dirigió unas palabras.
Tipo: ¿Estás bien?
La verdad era que no lo estaba. En ningún sentido se encontraba bien y en ese momento lo único que Saúl pensaba que lo haría sentir mejor era llorar sobre el regazo de su madre hasta quedarse dormido.
Saúl: Perdón, pero me quiero ir a mi casa.
Tipo: No hay problema, yo iba a decirte lo mismo.
Saúl: ¿En serio? o.o
Tipo: Pues sí. Yo casi no hago esto y me siento…
Saúl: ¿Extraño?
Tipo: Sí, eso creo xD
Saúl: Yo nunca había tomado y creo que me pasé…
Tipo: ¿Quieres que te lleve a tu casa?
Saúl: No, cómo crees… ahorita tomo un taxi.
Tipo: No, de verdad. Yo puedo llevarte.
Saúl: Pero ni siquiera te conozco…
Antes que pudiera terminar, Saúl sufrió un fuerte mareo y cuando todo volvió a tener forma, ya estaba recostado en el asiento del copiloto de un coche pequeño. Una melodía muy poco romántica sonaba en la radio. Trataba sobre desprecio… desprecio, ese sentimiento había envuelto a Saúl durante todas las vacaciones. Habría sido sencillo si sólo hubiese sido eso, pero no fue así. Sus recuerdos no lo dejaban dormir en las noches… ni en las mañanas, ni en las tardes. Había intentado tomar tranquilizantes pero los dejó cuando su madre se dio cuenta que se había terminado la caja. Además aquella sensación de vacío en su pecho no lo dejaba en paz, era como si le hubiesen arrancado algo muy importante y aquello dejara un hueco inmenso en él que no podía ser llenado con nada. Lo peor de todo era que no se trataba de una sensación a la que alguien se pudiera acostumbrar. Y aparte de eso, como no podía faltar, estaba la irremediable tristeza que, combinada con el clima que la ciudad presentaba en invierno, no era nada agradable. Era fría, oscura, desgarradora… y cuando por fin parecía irse, volvía de un momento a otro cargada con más fuerza que antes. Sí, definitivamente sentir todo eso al mismo tiempo durante varias semanas no era algo tan fácil de manejar.
El auto había arrancado y Saúl se sentía demasiado cansado y aturdido como para seguir pensando, pero temía confiar en aquel desconocido. La última vez que alguien había sido amable con él sin ninguna razón aparente, Saúl terminó cayendo en una trampa de la que ahora no podía salir… y ahí estaba otra vez ese recuerdo, su cara, sus manos, sus besos… esos sucios besos…, ahí estaban de nuevo el desprecio, el dolor, la ira… el llanto, el vacío horrendo…, ahí estaban nuevamente las nubes grises, el frío, la tristeza… ahí estaba otra vez el joven que se destruía en pequeños pedazos y cada vez dolía más y más…

Aquella mañana era hermosa. El viento se movía velozmente levantando faldas, despeinando el cabello, tirando hojas de los árboles y creando un clima perfecto combinado con los ligeros rayos del sol, los cuales eran admirados por Sebastián desde su limusina. Al bajar y sentir la brisa sintió un poco de nervios y alegría a la vez. Era una sensación que lo hacía sentir tonto, pero también creía que era bonita. Sonrió al tener eso en su mente y siguió caminando hacia la central de autobuses a la que había entrado unas semanas antes en pijama… pero antes se giró hacia el espejo de la limusina y se acomodó la boina anaranjada que le cubría el cabello. Pensó que después del espectáculo que había dado la última vez, ya no podían volver a verlo tan desaliñado. Subió la vista y vio detenidamente cómo las hojas de un gran árbol caían al suelo con ayuda del viento y eso lo hipnotizó…
Samuel: ¡Sebastián!
Era su voz. La había escuchado casi todos los días por teléfono desde que se había ido y aunque no sonaba exactamente igual seguía siendo inconfundible.
Sebastián Sena se dio la vuelta mientras Samuel dejaba caer su maleta al suelo y ambos corrieron hacia el otro para darse el abrazo más largo y cálido que darían en sus vidas.
Samuel comenzó hablar sin soltarlo.
Samuel: Perdón por tardarme más de lo que te dije… pero ya llegué, por fin.
Sebastián: Te perdono mientras no vuelvas a romper ninguna promesa otra vez.
Samuel: No lo volveré a hacer. Te lo prometo.
Sebastián: Con esa ya va otra…
Samuel: Pues hagamos más de una vez… nunca voy a separarme de ti y siempre te protegeré. Te lo prometo.
Sebastián tuvo una extraña sensación. Era como si el mundo se hubiese transformado y no se respirara nada que no fuera felicidad y tranquilidad. Se apartó un poco de Samuel pero sin soltarlo y lo miró fijamente.
Sebastián: Si no cumples lo que estás diciendo me voy a enojar y y y… te golpearé.
Samuel: ¿Y si las cumplo qué? ¿Te golpeo yo a ti?
Sebastián: A ver si puedes¬¬
Samuel: ¿Si puedo qué? ¿Golpearte o cumplirlas?
Sebastián: ¡Las dos cosas!
Samuel: No sé si pueda golpearte, pero sé que puedo hacer esto…
Y le robó un beso.
Sebastián: ¡Oye! D:
Samuel: Jajaja… y también puedo cumplir lo que te dije, mientras tú así lo quieras.
Sebastián, al contrario que Saúl, sintió que su pecho desbordaba algo invisible, que él sabía que no existía físicamente pero que, sin embargo, se sentía. Estaba embargado por aquella sensación y en ese momento estuvo seguro que no se podría ser más feliz. Y se equivocaba.
Sebastián: ¿Por el pequeño?
Inmediatamente después de preguntar, levantó su dedo meñique a la altura de su cara. Samuel sonrió, se había ruborizado. No podía creer lo que estaba diciendo ni la manera en la que se estaba comportando pero, por otro lado, se sentía tan feliz de por fin poder ser él mismo y decir lo que sentía, y más aun porque era Sebastián quien lo hacía actuar así. Ambos se miraron directamente a los ojos un momento hasta que Samuel también levantó su dedo meñique.
Samuel: Por el pequeño.
Y sus dedos se entrelazaron.

Saúl se despertó de golpe. Estaba aturdido y un poco asustado, hasta que se dio cuenta que estaba en su casa. Aun así todo le daba vueltas y tenía migraña. Estaba acostado en el sofá más grande de la sala, con la camisa medio desabotonada y los tenis puestos. Frente a él había una mesita donde estaban sus llaves y debajo de ellas había una nota que decía lo siguiente:

“Espero volver a verte. Atte. Ebenezer”.

Saúl tiró una carcajada al leer el nombre y luego miró el número de teléfono que le había dejado. Cuando tomó su celular para guardar el teléfono en su agenda se llevó una gran sorpresa al darse cuenta que ya pasaban de las tres de la tarde. No se preocupó, ya que se encontraba solo en la casa. Sus papás habían ido a la boda de un pariente que no conocía y se quedarían en casa de otros parientes desconocidos, dejándole la casa libre aproximadamente hasta el anochecer. Lo que sí le preocupó fue que al día siguiente volvería a verlo… y tenía miedo. A veces pensaba en no ir a la Facultad durante algunos días, por lo menos hasta que se le pasara, pero sabía que eso no sería pronto. En ese momento se decidió a dejar de pensar y fue a su cuarto. Al sentarse frente a la computadora, decidido a pasar el resto de su último día de vacaciones en Internet, se dio cuenta de que todavía tenía la nota de “Ebenezer” en la mano y después de preguntarse cómo había dado con su casa, guardó la nota en un cajón sin saber exactamente para qué.

Al anochecer, Samuel y Sebastián caminaban bajo un cielo estrellado. La luz de la luna brillaba en los ojos de ambos y se reflejaba en el agua del Paseo Santa Lucía. Las personas que caminaban junto a ellos se giraban para verlos, algunos chicos reían mientras que otras personas se hacían de la vista gorda, o bien, mostraban gestos de desaprobación. Sebastián se sentía un poco incómodo con todo aquello pero al mirar a Samuel, quien seguía sosteniendo su mano y caminaba con decisión, una sonrisa y como si toda aquella situación le pareciera graciosa, y que en realidad lo hacía, Sebastián también trató de no incomodarse. Al sentir la mirada de Sebastián, Samuel también lo miró sin dejar de sonreír.
Samuel: ¿Qué?
Sebastián: Nada… es que todo esto es algo extraño.
Samuel: ¿Quieres que te suelte? o.o
Sebastián: No, no. Obvio no… lo que quisiera es que dejaran de mirarnos como si fuéramos bichos feos.
Samuel: Pero los gestos que hacen están bien curados, ¿no?
Sebastián: ¿Gestos?
Samuel: Mírales la cara…
Sebastián buscó alguien que los estuviera observando y la primera mirada que sintió fue la de una ancianita que al parecer llevaba un rato estando al pendiente de ellos y ésta, al darse cuenta que ahora ella era la observada, se puso nerviosa y miró hacia otra parte, mirándolos de reojo. Entonces ambos rieron por lo bajo hasta que no aguantaron y se burlaron de ella tan fuerte como pudieron.
Sebastián: Sí es cierto, no me había dado cuenta xD
Samuel: Oh, oh.
Sebastián: ¿Qué?
Sebastián siguió la mirada de Samuel y vio a un guardia de seguridad acercarse a ellos en un carrito que avanzaba lentamente.
Samuel: Ven…
Samuel se dio media vuelta sin soltar a Sebastián y caminaron un poco más rápido en dirección contraria al guardia. Entonces apareció otro guardia de entre un grupo de personas y se acercó a Sebastián, tomándolo del brazo para que se detuvieran. Él, en un impulso, se sacudió el brazo hacia delante y atrás para que el guardia lo soltara pero éste resbaló y al encontrarse cerca de la orilla, cayó al agua verdosa.
Samuel: ¡Corre! D:
Ambos comenzaron a correr, con las manos todavía unidas, y no se detuvieron ni cuando tuvieron que cruzar el estrecho espacio que les dejaban las mesas de un restaurante que se encontraba ahí. Fue hasta que llegaron a la Macroplaza cuando la pareja, jadeando y sin aliento, se dejó caer en el césped húmedo. Y volvieron a reír.
Sebastián: No pensé que se fuera a caer xD
Samuel: ¡Y cuando salió para respirar no sabía ni qué pedo!
Sebastián: Oye o.o
Samuel: ¿Qué?
Sebastián: ¿Y si nomás querían hablar así bien con nosotros?
Samuel: Ay, pues… este… no había pensado en eso.
Y mientras se reían de nuevo, una lluvia de fuegos artificiales comenzó a tener lugar en el cielo. Justo encima de ellos.
Aquel día no había una razón en especial para que los fuegos artificiales fueran lanzados, pero estaban ahí, solo para ellos. Ambos los miraban como el hermoso espectáculo que eran y en ese instante en el que parecía que la situación no podía mejorar, una canción comenzó a escucharse. Ninguno sabía de dónde provenía el sonido pero no importaba. Sebastián la reconoció y comenzó a cantar, desafinando horriblemente.
Sebastián: Si es cuestión de confesar, no sé preparar café y no entiendo de fútbol…
Samuel sonrió al escucharlo, pero lejos de estarse burlando, toda aquella situación le parecía maravillosa. Volvió a mirar los fuegos artificiales y lo invadió un sentimiento que nunca antes había sentido. Observó a Sebastián, quien también miraba las luces sin dejar de cantar.
Sebastián: …conmigo nada es fácil, ya debes saber, me conoces bien…
Samuel lo tomó de la barbilla y lo giró hacia él, ambos se miraron directamente a los ojos y Sebastián dejó de cantar.
Samuel: Te amo mucho.
Sebastián: Yo también te amo, muchísimo.
Se besaron casi al instante de decirlo, pero despacio. Disfrutando cada momento y sintiendo el calor del otro. Aún seguían tomados de la mano.

La mañana del lunes la secretaria de la dirección de la Facultad de Artes Escénicas recibió una visita inesperada mientras preparaba el papeleo de la Directora y se tomaba una taza de café.
Unos minutos después de haber recibido una llamada desde el Departamento de Archivo y Escolar de la Facultad donde le avisaban que un hombre quería hablar con ella personalmente, ese mismo hombre entró al recibidor de la Dirección y le dirigió una amable y cálida sonrisa que ella devolvió muy gustosa pues la secretaria de A. y E. había olvidado mencionarle lo guapo que era. El tipo era joven, de no más de 30 años según pudo calcular, era alto, de cabello castaño claro y corto, piel blanca, un cuerpo que era imposible de no voltear a ver y unos impactantes ojos verdes. El hombre se acercó a su escritorio sin dejar de sonreír y cuando estuvo más cerca, ella pudo oler su colonia, lo que la hizo casi enloquecer.
Tipo: Buenos días, señorita.
Secretaria: Buenos días, señor. ¿Qué puedo hacer por usted?
La mujer trató de mantener la compostura después de tan agradable sorpresa y mantenía la vista fija en la cara del hombre para que no se diera cuenta de lo mucho que le llamaba la atención su cuerpo, aunque de todas maneras sus ojos también eran dignos de contemplarse.
Tipo: Me llamo Javier Levi, soy el nuevo maestro de “Tecnología e Informática” y cuando me contrataron me dijeron que viniera con usted.
Javier también había estado observando a la secretaria, pero por razones distintas. Ella era bajita, delgada, morena, su cara no era nada fuera de lo común y se había maquillado de una manera simple, aunque lograba mantener un aspecto de formalidad. Normalmente, la secretaria lo habría mandado con la directora de Recursos Humanos, pero prefirió atenderlo ella misma.
Secretaria: Ah, sí. Es que con todo esto del reingreso y nuevo ingreso, las cosas se dificultan un poco.
Ese comentario no le agradó nada a Javier.
Javier: ¿Hubo algún problema?
Secretaria: ¿Problema? No, no, ninguno. El único problema es que usted no tiene su horario y no nos dejó su e-mail, aparte que todavía no podemos darlo de alta en el sistema, por eso lo hicieron venir hasta acá… aunque no lo esperaba hoy. Al menos no tan temprano.
Javier: Ah, perdón, es que fue por lo mismo que no sabía a qué horas eran mis clases que decidí venir ahorita. Perdóneme por molestarla.
La mujer estaba encantada y sonrió un poco apenada mientras buscaba el horario de Javier en su computadora.
Secretaria: Ok, aquí tiene.
Ella tomó una hoja que acaba de salir de una impresora que se encontraba junto a Javier, éste hizo como que revisaba su horario y le hizo algunas preguntas que ella respondió amablemente. Y en un intento por tener su compañía un poco más de tiempo, comenzó a hacerle conversación.
Secretaria: ¿Es Ingeniero? Nunca habían contratado a un especialista para impartir esa materia, suelen poner a los maestros que ya tenemos porque como es de área general…
Javier: No, no soy Ingeniero. Pero estudié sistemas en la Academia Militar… soy cadete.
La secretaria se entusiasmó mucho más.
Secretaria: El maestro que daba esa materia está incapacitado, usted nos cayó del cielo… como un ángel.
Javier sonrió amablemente y supo que era momento de hacer su petición.
Javier: ¿Crees que soy un ángel? Muchas gracias. Nunca me habían dicho algo así y menos una mujer como tú…
Las mejillas de la Secretaria estaban rojas y las piernas comenzaron a temblarle, notó que Javier ya no le estaba hablando de “usted” y no sabía muy bien cómo actuar.
Javier: ¿Te puedo pedir un favor?
Secretaria: Sí, sí, claro.
Javier: Sé que no están preparadas todavía pero… ¿me podrías dar las listas de mis grupos? ¿Daré a segundo semestre, verdad? No importa que no sean las originales, sólo para pasar lista…
Secretaria: Sí, sí.
La impresora sacó varias hojas unos momentos después y ella se las entregó.
Javier: Muchas gracias, nunca voy a olvidar lo que hiciste por mí. Eres muy linda. Gracias. Ya tengo que irme, no tengo clases hasta la tarde.
Secretaria: De nada. Nos vemos… en la tarde.
Javier le sonrió por última vez y salió de ahí mientras revisaba cada una de las listas, fue en el tercer grupo donde encontró el nombre que estaba buscando.
Javier: Sebastián Sena… seré tu profe de nuevo…

Saúl Salziso tuvo que soportar a la multitud de personas que caminaban hacia las distintas Facultades del Campus. Había carros que pitaban, el sonido de los silbatos de los tránsitos, chicas que caminaban lento, parejas que iban tomadas de la mano a pesar de ser constantemente empujados y guardias de seguridad que platicaban tranquilamente. Entonces, al fin, llegó al estacionamiento de su Facultad y caminó con libertad. Mientras caminaba leía un periódico gratuito que le habían entregado y entonces sintió un golpe y escuchó un quejido, su periódico cayó al suelo y el hombre con el que se había topado se agachó para recogerlo.
Javier: Perdón, amigo, no me fije por venir con esto... ¿Estás bien?
Saúl lo miró impactado y por un momento se le olvidó hablar.
Saúl: ¿Cómo?
Javier: ¿No te pegué fuerte, verdad?
Saúl: No, no, no hay problema. Gracias…
Javier: Bueno, de seguro tienes prisa. Perdón. Que te vaya muy bien en tu primer día.
El tipo se alejó leyendo unas hojas que llevaba en la mano.
Saúl: ¿Cómo alguien puede ser tan guapo? ._.
Saúl salió del trance y siguió su camino mientras sonreía, considerando que tendría suerte ya que ese sujeto tan amable se lo había deseado. Pero justamente cuando se decidió a caminar más aprisa porque ya estaba llegando tarde a la primera clase del semestre, lo vio.
Su cabello estaba más corto y no llevaba barba, lo que lo hacía verse más joven pero era él. Mario caminaba con su mochila a cuestas y junto a Luisana. Saúl lo tomó peor de lo que había esperado. De pronto su mente se llenó de recuerdos, desde los más actuales hasta los que estaban más allá en el pasado. Mario también lo vio y dejó a Luisana hablando sola mientras se acercaba a él, Saúl distinguió una cicatriz de forma irregular en su frente y recordó cómo le había lanzado su celular justamente ahí. Luego, recordó la llamada y el mensaje que había recibido en ese mismo teléfono, después vinieron a su mente muchos momentos de su noviazgo y por último aquél día en que lo había conocido, cuando los empujó a él y a Sebastián para anotarse en la lista del taller de Teatro. Se culpó de nuevo, pensando que debió haber conservado esa imagen de él. Mario quería hablar con él y seguía acercándose, aunque no sabía siquiera lo que iba a decir. Saúl salió de sus recuerdos, soportando las ganas de llorar y siguió caminando, tratando de huir. Mario lo hizo detenerse.
Mario: Por favor, espera.
Saúl: No.
Mario: Saúl, tenemos que hablar y lo sabes… ¿por qué no has contestado mis llamadas?
Saúl: Tal vez porque no quiero hablar contigo. ¿En serio es tan difícil de razonar?
Mario: Saúl, por favor, deja de portarte como un niño. Tienes que escu…
Saúl: ¡¿Como un niño?!
Varias personas voltearon a verlos, Saúl había alzado la voz.
Saúl: ¡Ah, perdón! No sabía que el odiar a la persona que me traicionó fuera portarme como un niño. Tienes razón, tengo que cambiar. ¿Tengo que considerar el perdonarte, verdad? ¡Ok! Todo olvidado…
Saúl fingió una sonrisa mientras Mario ponía los ojos en blanco. Las personas no dejaban de mirarlos.
Mario: No me refería a eso… y ¿lo dices en serio?
Saúl: Tengo clase…
Mario se puso frente a Saúl.
Mario: ¿Lo dices en serio?
Saúl: ¿Qué cosa?
Mario: ¿Me odias?
Saúl lo miró fijamente y se dio cuenta que no, no era así. Pero lo deseaba profundamente.
Saúl: Sí, te odio. ¿Me puedo ir ya?
Mario sufrió con la respuesta pero no se quiso dejar llevar. Recordaba lo bueno que era Saúl actuando, seguramente estaba aplicando todo lo que sabía.
Mario: No te creo.
Saúl: ¡No me importa! ¡Quiero irme!
Mario: ¡¿Eso quieres?! ¡Lárgate!
Saúl se acomodó la mochila y siguió caminando. Mario también tuvo que aguantar las lágrimas y además, las miradas de todos sus compañeros. Sintió rabia de haber actuado como lo hizo y decidió disculparse después, en privado.

Esa mañana, definitivamente todo parecía distinto al semestre pasado. Samuel y Sebastián se la habían pasado sentados juntos durante todas las clases y aunque no se comportaban como lo que realmente eran, Saúl y Luisana lo habían captado desde que los vieron juntos. Mario no habló con Jaime durante todo el día, sólo se dedicaba a mirar a Saúl en silencio y a distancia. Tampoco habían visto al Maestro Fernando en ninguna clase, lo cual le pareció extraño a Saúl, ya que él había mencionado que también daba una materia de segundo. Los únicos que parecían iguales eran Ismael y Cecilia, quienes en la opinión de Saúl cada vez eran más melosos e insoportables.
En la última clase del día, Luisana y Saúl quedaron de ir a buscar al Maestro Fernando al Teatro Hamlet y preguntarle cuándo comenzarían a retomar los ensayos.
La sorpresa llegó cuando se dirigieron hacia la entrada de los camerinos. Unos hombres con uniforme estaban sacando las cosas del camerino de Saúl y cuando se acercaron, ya estaban extrayendo los retratos sus antecesores.
Luisana: Disculpen…
Uno de los hombres volteó y miró a Luisana como si lo estuviera molestando.
Luisana: ¿A dónde llevan las cosas?
Tipo: A la bodega…
Saúl: ¿Por qué? ¿Van a remodelar o algo así?
Tipo: Pues no sé, yo nomás hago lo que me dicen.
Saúl: ¿Quién le dijo que hiciera esto? Porque estoy seguro que el Maestro Fernando no habría hecho nada sin consultármelo primero. Así que no fue él.
Mujer: Exactamente. Fui yo.
Saúl y Luisana se dieron media vuelta y vieron a una mujer que parecía no ser más grande que ellos. Tenía un abundante cabello oscuro, una piel tan blanca como la de Saúl y unos ojos grises que mostraban una mirada profunda pero indiferente. A Saúl le resultaba muy conocida.
Saúl: ¿Quién eres tú? ¿Por qué les dijiste que hicieran esto?
La mujer rió burlonamente y se cubrió la boca al hacerlo, sin apartar su mirada de Saúl. Entonces lo rodeó y siguió inspeccionándolo.
Mujer: Mandón, arrogante, cree que los demás están para servirle… eres Saúl Salziso, el pupilo del Maestro Fernando.
Saúl: Sí… pero no soy nada de lo que usted dice.
Luisana puso los ojos en blanco y temió que Saúl le preguntara si era verdad o no.
Saúl: ¿Verdad que no, Lui…?
Mujer: Ya, ya. Eres justo como la Maestra Eva te describió. Y yo que pensé que era una exagerada… soy Alicia del Roble. La nueva directora del Taller de Teatro.
Saúl y Luisana se quedaron con la boca abierta. Saúl también reconoció su nombre.
Luisana: ¿Y el Maestro Fernando?
Alicia: A eso voy, niña… el Maestro tuvo un accidente poco antes de que salieran de vacaciones, según sé tuvieron que cancelar la obra que prepararon porque él nunca llegó.
Saúl lo recordó, en efecto, les habían informado que el Maestro no iba a llegar porque había tenido un accidente.
Alicia: Está incapacitado y no podrá venir, al menos, en todo el semestre. Y me pidió que lo cubriera aquí…
En ese momento, uno de los tipos sacó otro cuadro del camerino y ahí estaba ella. Alicia del Roble era la única mujer que el Maestro Fernando había elegido para interpretar a Dorian Grey y ella, como Saúl, había sido la consentida del Maestro durante su estancia en la Facultad.
Alicia se detuvo frente a Saúl y le sonrió hipócritamente.
Alicia: Así que ahora aquí se hace lo que yo digo y grábate bien esto… no voy a dejar que ningún estudiante malcriado esté sobre mí y mucho menos que me manipule. Se acabó el protagonismo, literalmente. Se acabaron los consentimientos, aquí la estrella voy a ser yo. Ustedes, todos ustedes solo interpretarán lo que mi creatividad les ordene. ¿Ok? Faltan otras cosas por explicar, pero eso ya lo veremos mañana… por lo pronto tienes que saber que compartirás el camerino con todos los demás.
Saúl estaba perplejo, no sabía que había hecho para merecer ese trato. Pensaba que seguramente el Maestro le había hablado a Alicia sobre él. No creía que él pudiera permitir que lo trataran así… ¿entonces por qué? Y en ese instante, el mismo hombre con el que habían hablado estaba sacando su cuadro del camerino. Saúl se miró a sí mismo y extrañó tanto esos días en que todo era perfecto.
Alicia: Ya no vamos a necesitar eso… quiero que tiren esos cuadros o quémenlos, mejor.
Saúl salió del teatro enfurecido y Luisana lo siguió hasta los baños de hombres, donde Saúl entró. Se encerró, se sentó en retrete y con la cabeza sostenida por sus manos, comenzó a llorar. Extrañando y casi olvidando por completo lo que era sentirse “bien”.

Samuel no podía esperar a que llegaran a un “lugar seguro” para poder besarse, así que tomó a Sebastián del brazo antes de que llegaran al estacionamiento de la Facultad y lo llevó por un pasillo que daba a la parte trasera de los salones. Ahí lo abrazó y lo besó como si nunca lo hubiera hecho y Sebastián no pudo evitar sonreír al notar su entusiasmo.
Samuel: Te amo, te amo…
Sebastián: Yo también te amo x3
A unos metros de ahí, Cinthia e Ismael caminaban hacia el estacionamiento tomados de la mano hasta que ella se detuvo.
Cinthia: Ay, se me olvidó preguntarle a Luisana lo del taller de danza…
Ismael: Mañana le preguntas, qué flojera regresarnos.
Cinthia: Voy yo sola, no me tardo… cuídame esto.
Cinthia le pasó unas hojas que sostenía a Ismael y también su mochila. Ella se fue corriendo y a él se le resbaló una de las hojas, la cual fue arrastrada por un repentino viento juguetón que en realidad parecía querer guiarlo hacia otro lugar. Ismael logró atrapar la hoja en el aire y al darse la vuelta para regresar a su posición original, vio de reojo a una pareja besándose en aquel pasillo que tenía frente a él. Y al enfocar la vista por un pequeño instante, al no estar totalmente seguro de lo que estaba viendo, se estremeció y dejó caer todas las hojas al suelo mientras tenía esa sensación. La sensación de que un rayo lo había atravesado y partido en dos. Sebastián y Samuel no se dieron cuenta de que alguien los había visto e Ismael deseaba no haberlo hecho. Levantó las hojas del suelo y se alejó de ahí, sintiendo que su alma se destrozaba en pequeños trozos y que ahora la llevaba arrastrando en sus pies. Sin saber o imaginarse siquiera que esa había sido la misma sensación que Sebastián tuvo cuando vio su primer beso con Cinthia. Ismael estaba celoso.
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